No. No todo estaba perdido. Afortunadamente, la resignación está dando paso a una cierta expectación que ojalá termine convirtiéndose en esperanza. Buena prueba de ello es lo que ha pasado esta semana. El miércoles 18, Emilio Delgado (Más Madrid) y Gabriel Rufián (Esquerra Republicana) mantuvieron una interesante conversación con el fin de “disputar el presente para ganar el futuro”. El acto fue seguido en streaming por más de veinticinco mil personas y agitó el debate sobre las posibilidades de la izquierda hasta extremos impensables. A su vez, el sábado 21, los Comunes, Movimiento Sumar, Más Madrid e Izquierda Unida dieron “un paso al frente” para, en palabras de Antonio Maíllo, “acabar con la melancolía” y construir una plataforma política nueva “haciendo autocrítica sin flagelaciones”, en palabras de Lara Hernández. En otro orden de cosas, pero como parte de un mismo impulso de confrontación con el fascismo, el jueves 19 se presentó en Albacete la denominada Alianza Contra el Odio, constituida por un número creciente de organizaciones políticas, sindicales, sociales y ciudadanas. Como albaceteños, como albaceteñas, nos enorgullece enormemente que en nuestra ciudad se haya creado este núcleo de resistencia contra la barbarie.
O sea, que existe todo un amplio sector de la opinión pública que está saliendo de la estupefacción y, una vez más, está sintiendo la vida correr por sus venas bajo el imperativo del entendimiento y la unidad. Pues bien, al respecto, humildemente, por supuesto, nos gustaría hacer una serie de observaciones en torno a cinco ejes a partir de, como decía el escritor estadounidense Scott Fitzgerald, “la autoridad que nos proporcionan nuestros propios fracasos”.
Los tiempos. Aciertan los partidos políticos anteriormente mencionados en ponerse en marcha ya, anticipándose suficientemente a las elecciones generales. Ahora hay que hacer lo mismo en los distintos niveles territoriales. Las improvisaciones de última hora son fatales y favorecen el despotismo de las cúpulas. Los platos sabrosos se cuecen a fuego lento. También en política.
Los procedimientos. Deben ser coherentes con el discurso y con los objetivos. No se puede hablar de horizontalidad y practicar luego la verticalidad. No se puede hablar de democracia y negar después a las bases que adopten sus propias decisiones. Por lo demás, estas nuevas plataformas ciudadanas, integradas por las militancias de los diferentes partidos pero también por todas aquellas personas que se vean interpeladas por la urgencia del momento histórico que vivimos, deben reunirse frecuentemente, deben hablar, intercambiar, planear acciones juntas, hacer piel, construir pensamiento, enriquecerse mutuamente en el proceso de lucha, que es también un proceso de crecimiento personal… Si la participación se limita a repartir propaganda electoral y a hacer de interventores el día de las elecciones, el proyecto, una vez más, se marchitará como una flor que no se riega.
El programa. Es lo menos complicado, ya que los partidos políticos que impulsan la unidad presentan un alto grado de coincidencia. En cualquier caso, debería ampliarse el enfoque de manera que cualquier persona decente, aunque no sea estrictamente de izquierdas, pudiese apoyar la causa, poniendo el énfasis en la defensa de la democracia, los derechos humanos y los servicios públicos, y proponiendo una agenda feminista, verde y antiimperialista. Vivimos aquí, pero no podemos olvidar Gaza, no podemos olvidar el Sáhara, no podemos olvidar Cuba… Y todo ello, a ser posible, respondiendo a las necesidades inmediatas de la actual coyuntura, como la vivienda, pero sin olvidar el horizonte republicano.
Las listas electorales y los liderazgos. En el fondo, la cuestión puede resolverse fácilmente si los egos y las tribus no se interponen. Deben liderar el proyecto y, por lo tanto, encabezar las listas, aquellas personas que, por su trayectoria, su carisma y su autoridad movilicen a más gente y generen más consenso. Si se alcanza un acuerdo, fantástico, se ratifica mediante una consulta y al ataque; de lo contrario, se llevan a cabo unas elegantes primarias y, después, todo el mundo al tajo. Al respecto, se puede diseñar una plantilla previa que garantice no solo la paridad de género, sino la pluralidad ideológica y organizativa. Y ya está. Así de simple. Así de obvio.
Las actitudes. Como decía Gandhi, “debemos ser el cambio que queremos”. Si queremos igualdad, debemos tratarnos como iguales. Si hablamos de fraternidad, debemos recordar constantemente que nuestros compañeros y compañeras de lucha son nuestros hermanos y hermanas. Si reclamamos generosidad, debemos ser generosos. Toda confluencia supone un proceso de aportación, pero también de renuncia. Si luchamos por una humanidad mejor, no podemos convertir nuestras organizaciones en trituradoras de carne. Es necesario generar entornos respirables, cordiales, colaborativos, acogedores, donde se sienta cómoda cualquier persona que aspire a construir un país más justo. Y a partir de ahí, quien quiera estar, que esté, y quien quiera hacer la guerra por su cuenta, está en su derecho. Desde luego, este humilde colectivo nunca proferirá ninguna insidia, desprecio o sarcasmo hacia las organizaciones o representantes de las personas con quienes compartimos trincheras en las calles. Y recomendamos a los integrantes de Un Paso al Frente que no pierdan el tiempo en rifirrafes estériles y hagan lo mismo.
En fin, comentó el otro día Gabriel Rufián que, antes de celebrarse el encuentro con Emilio Delgado, ya se habían escrito más de doscientos artículos, de modo que igual ya son miles los textos escritos. Pues bien: ¡aquí está el nuestro! Y escribiremos todos los que hagan falta. Porque si reclamamos la unidad, no es por nosotros y nosotras, que también. Es por los más de cien mil personas que siguen enterradas en cunetas y fosas comunes. Es por toda la gente que expuso su vida luchando contra el franquismo. Es por las mujeres que hicieron a España avanzar en igualdad. Es por los jóvenes que quizá mañana no tengan acceso a la universidad pública. Es por la clase trabajadora, que corre el peligro de volver al siglo XIX como en Argentina. Es por el colectivo migrante, que las derechas quieren convertir en “los nadie”, que diría Galeano. Es por las personas LGTBIQ+, que cada día tienen más miedo de andar de la mano por la calle. Es por las próximas generaciones, a las que no les podemos dejar un mundo de mierda. Es por… Es por…

No hay comentarios:
Publicar un comentario