El 10-N ha sido el día rojigualda: el de las tarjetas rojas y
amarillas, a lo partido bronco de fútbol. Tarjetas amarillas y
rojas, amonestaciones y expulsiones, para el “triprogrelistos”
de izquierdas. Repártanlas ustedes como mejor vean. Una rojigualda
para Sánchez, que después de la primera investidura fallida ha
jugado con su calculadora con la vida de la gente, ha perdido casi un
millón de votos, y la mayoría en el Senado y nos ha hecho perder a
todos los españoles tiempo, ilusión y dinero; otra rojigualda para
Iglesias, que aunque dijo que repetir elecciones era la peor opción,
prefirió que no hubiera un gobierno a la portuguesa y que
volviéramos a elecciones, en las que ha perdido 700.000 votos; una
rojigualda también para Garzón, el líder desaparecido de IU. Ah,
que no se nos olvide la tarjeta de Errejón: con su “Más Errejón”
le dio la alcaldía y la comunidad de Madrid al trifachito, y su
candidatura en las generales no ha servido para nada, excepto para
dividir un poco más un voto debilitado. Y eso sí, para conseguirse
un escaño de diputado desde el que deslumbrarnos con su cínica
inteligencia.
Tarjeta rojigualda, de la señera, para los nacionalistas catalanes
que, en un momento dado, apostaron más por sus intereses
particularistas que por la convivencia dentro de las normas de un
estado, mejorable, pero democrático. La desestabilización que han
provocado ha despertado al extremo opuesto, ha llevado a Vox a estar
donde están. Sin Torra, Vox no tendría más de 50 escaños.
Tarjeta roja o naranja para Rivera, que se irá después de hacer
desaparecer a un supuesto proyecto de centro liberal capaz de aliarse
con la extrema derecha, algo que ninguno de sus homólogos europeos
ha hecho. Adiós, Rivera, adiós. Tarjeta roja para Casado, que no
llegará nunca a la mayoría porque él, con Aznar y los suyos, se ha
dedicado a alimentar a la facción más extrema de su partido, que ha
resultado no ser una pequeña minoría sino, como muchos pensábamos,
más de un tercio de lo que supone el PP. Casado nunca llegará a ser
presidente del gobierno sin Vox. Ahora, que vaya y se lo explique a
Angela Merkel.
Y tarjeta roja, aunque no le guste el color, a Vox. No todo vale.
Todas las ideas pueden expresarse, pero no todas son respetables. Sus
ideas no lo son porque contravienen los derechos humanos; sus
prácticas no lo son, porque emplean la mentira y el odio. Nunca en
una campaña electoral se había oído berrear “a por ellos” ni
calificar de “antiespañoles” a los españoles que pensaban
diferente. Y Vox lo ha hecho, con la ayuda de PP y Ciudadanos.
¿Y ahora qué? El triprogrelisto de izquierdas ha jugado con
fuego y casi se quema, casi nos quema a todos en la hoguera de su
irresponsabilidad. ¿Y ahora? ¿Se repetirá el eterno juego de
PSOE-no-quiere-gobernar-con-Podemos, y
Podemos-quiere-gobernar-con-PSOE-y-si-no-a-elecciones? ¿Buscará el
PSOE la abstención del PP? ¿Harán todos a otra vez dejación de
sus responsabilidades y nos martirizarán con un nuevo fracaso de la
democracia para llevarnos a las urnas y que Vox adelante al PP?
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